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El ciudadano Wi-Fi y el ocio intersticial I

La dimensión cultural de la SI está sujeta a dos aspectos relevantes de la evolución de las sociedades modernas: por un lado, la dinámica y tensión entre la esfera laboral y la esfera del ocio y, por el otro, entre el espacio del espectáculo y el espacio privado de desarrollo personal. La tensión entre esfera laboral y esfera de ocio ha decididamente evolucionado en favor del ocio, aunque haya sufrido una prolongada demonización a la vez que era considerado “un aspecto del ámbito privado, del espacio íntimo, que no afectaba ni a la educación ni a los medios de comunicación, correspondientes al campo público de la persona, al espacio útil, a la sociedad”.[1] En francés, la palabra ocio deriva de oisivité (ociosidad) y, por tanto, está relacionado con algo despreciativo y condenable, mientras que en inglés el término leisure aproxima su significado al concepto de diversión en el descanso, lo que sería en francés el término loisir. En las lenguas latinas, la noción de ocio proviene de la definición de otium de Séneca, relacionada con el ocio de los ciudadanos libres y propietarios en una sociedad esclavista. Para Séneca, el ocio era la verdadera vida del espíritu, la realización perfecta del ciudadano de la República, la diversión como resultado del camino del conocimiento. En español, también se aproxima a la idea de diversión o de ocupación reposada.[2]

La construcción del espacio que hoy ocupa el ocio en la vida de los ciudadanos en las megapolis representa el resultado de una traslación histórica: desde las capas más acomodadas, el ocio, redimensionado y reconfigurado modernamente por la economía industrial, es un valor asequible para los demás sectores del sistema. Básicamente, la reducción de las jornadas de trabajo, el establecimiento de un período vacacional y, en menor medida, la modernización de los medios de transporte, son los tres elementos de los que se sirven las personas para usufructuar, bajo patrones culturales bien determinados, un espacio tiempo destinado al ocio.

Durante el siglo pasado, un equilibro inestable fue ganando terreno y reduciendo el déficit de acceso al ocio en detrimento del tiempo de trabajo. El derecho al ocio comenzó a entenderse como un derecho más amplio de acceso a los servicios culturales, deportivos y de distracción. La influencia de una economía mediática y del esparcimiento creció sin pausa. Al final del siglo, los productos de las industrias culturales se habían convertido en bienes de consumo de masas. “Jamás se había leído, escuchado música clásica y visitado museos hasta tal punto. Las infotecnologías van ampliar más aún esta oferta.”[3]

Esta evolución no estuvo ni está exenta de tensiones entre dos paradigmas: a) el paradigma liberal-consumista que interpreta el ocio exclusivamente como el descanso y la liberación del trabajo y que busca hacer del tiempo libre, sobre todo, un espacio de consumo; b) el paradigma creativo-cultural que procura integrar, en el tiempo de ocio, valores y procesos provenientes de la educación, la creación y la cultura y que se aproxima más a la definición clásica de otium. El primero constituye el basamento filosófico para la mercantilización creciente de cualquier experiencia humana. “Las redes comerciales de todo tipo y naturaleza tejen una red en torno a la totalidad de la vida humana, mercantilizando toda experiencia de vida. En la era del capitalismo de la propiedad, lo más importante era la venta de los bienes y los servicios. En la economía del ciberespacio, la mercantilización de los bienes y los servicios resulta algo secundario con respecto a la mercantilización de las relaciones humanas. Mantener la atención de los clientes en el nuevo y veloz ritmo del entorno constantemente cambiante de la economía-red significa controlar tanta parte de su tiempo como sea posible.”[4] Por otra parte, como afirma Rifkin, “al cambiar unas transacciones mercantiles discretas y limitadas en el espacio y en el tiempo por una relaciones mercantilizadas que se extienden en el tiempo de manera ilimitada, la nueva esfera comercial se asegura que una parte cada vez mayor de la vida se vincule a la cuenta de resultados”.[5]

Ferrès considera que el espectáculo, que siempre había estado restringido en tiempo y espacio -se expresaba y consumía en determinados días, determinados espacios, determinadas horas-, puede ahora disfrutarse gracias a los medios de comunicación -en particular de la televisión- y a las TICs, en un espacio que engloba todas las esferas del ciudadano. Vivimos en una virtual “sociedad del espectáculo”.[6]

El tiempo extralaboral es también el lugar privilegiado para la interacción social, que es fundamental para la integración del ciudadano en todas las etapas de la vida. Siguiendo el paradigma creativo-cultural, el ocio es la materia prima de un proyecto común con interés social que no puede ser abandonado ni al espontaneísmo, ni puede ser tratado parcialmente como momento de consumo, ni estar sujeto a la falsa oposición productividad/descanso propia del economicismo. El tiempo de ocio puede y debe ser considerado como un eje vertebrador de la sociabilidad, compartiendo el protagonismo de la educación y del trabajo como principales factores de la acumulación de capital social de los ciudadanos. En los tiempos de ocio, el ecosistema mediático, que ya era central, adquiere una novedosa dimensión a través de las redes sociales como Facebook y MySpace y de los mundos virtuales que superan el simulacro para transformarse en espacios de encuentro y de intercambio simbólico, social y comercial.

Según Ferrès, desde un punto de vista fenomenológico, esta nueva cultura puede definirse a través de cinco grandes rasgos:[7]

q       La potenciación de lo sensorial se debe a la introducción masiva de los lenguajes audiovisuales en las actividades de ocio y a su juego a favor de lo concreto en reemplazo de la conceptualización propia de los textos escritos en los que los significantes son abstractos y por tanto solo mediadores en el camino hacia el significado. Lo concreto y lo sensible adquieren una gran densidad capaz de impedir por momentos la activación de la mente reflexiva, al mismo tiempo que ofrecen gratificación inmediata sin mediar el significado para ello. Esta hipertrofia de lo sensitivo acaba anulando la posibilidad de distanciamiento reflexivo o crítico.

q       Con respecto a la narrativa, si bien es cierto que no es patrimonio ni exclusivo ni diferenciador de esta cultura del espectáculo, ha adquirido una relevancia social como nunca antes. En la logosfera, el teatro y la novela han convivido, entre muchos otros instrumentos de expresión, con los libros de texto y de poesía, con los catecismos y los ensayos. Mientras que en la iconosfera, el relato es omnipresente porque a las formas del relato que ya se conocían (las series de televisión, las películas de cine), se adicionan nuevas formas de relato de manera que lo narrativo prima sobre lo discursivo. Son relato los shows, las retransmisiones deportivas, los concursos. La información, para que llegue de manera eficaz al público, es dramatizada, personalizada, narrada, aunque debajo subyace un discurso, haciendo que de una forma inconsciente, sean interiorizados ideologías y pautas de comportamiento no explícitas en el relato.

q       Desde que el cine supuso el paso de lo estático a lo dinámico, la velocidad, configurada por la revolución técnica, no ha cesado de aumentar. Primero, fueron los objetos, después la cámara, los cambios de plano derivados de la edición, la estimulación sonora. La cantidad de planos que recibe el receptor ha ido en aumento en paralelo con una adaptación mutua y progresiva con la persecución como modalidad de conflicto más adecuada al medio audiovisual. “La persecución es […] la esencia de la televisión, no sólo desde el punto de vista narrativo, sino también y sobre todo desde el de la puesta en escena y desde el de la estructura institucional.”  

q       El paso previo por el intelecto, es decir, la comprensión, es el costo que debe pagarse en la cultura de la palabra escrita para obtener las emociones que, por cierto, provienen del significado y no del significante. En cambio, por medio de la implicación emotiva fruto del recurso constante a mecanismos psicológicos, y del dinamismo generado por los cambios de planos, por la sonorización y por el movimiento de la cámara, los relatos audiovisuales son productores de emociones de manera directa. Emociones primarias, previas e inevitables que pueden producir una gratificación de modo que el receptor renuncie, consciente o inconscientemente, a la satisfacción emocional proveniente de un proceso racional.

q       Provocar o asombrar es uno de los objetivos esenciales a todo proceso comunicativo. En la cultura de la palabra escrita, la necesidad de sorprender es satisfecha por medio de recursos de orden superior, vinculados a la inteligencia o la sensibilidad, como el contenido, su calidad estética o su fuerza argumentativa. En la cultura sensorial, estos recursos pueden ser precedidos o mismo reemplazados por otros de carácter más elemental. Lo sorprendente es lo nuevo que adquiere valor indiscutido por ser nuevo. Cuando los acontecimientos excepcionales no existen, se busca un abordaje excepcional, una dramatización o una puesta en escena sorprendente.

El tiempo de ocio es un tiempo empleado en actividades muy diversas como el juego, el deporte, la cultura o el descanso. En cada una de esas actividades, la oferta se ha ido multiplicando de manera de ajustarse a la evolución de la dimensión y de la calidad del tiempo libre.


[1] Perceval, José María. “Medios de comunicación y educación en la sociedad del ocio.” En Pérez Tornero, José Manuel (Cdor.). Comunicación y educación en la sociedad de la información. Nuevos lenguajes y conciencia crítica. Paidós. Barcelona, 2000. p.59.

[2] El Diccionario de la Real Academia Española presenta varias acepciones: 1. cesación del trabajo, inacción o total omisión de la actividad. 2. tiempo libre de una persona. 3. Diversión u ocupación reposada, especialmente en obras de ingenio, porque estas se toman regularmente por descanso de otras tareas. 4. Obras de ingenio que uno forma en los ratos que le dejan libres sus principales ocupaciones. Real Academia Española. Diccionario de la Lengua Española. Madrid, 1992.  

[3] UNESCO. Nuevas fuentes de empleo. El courrier. Diciembre de 1998. 

[4] Rifkin, Jeremy. La era del acceso. Ob. Cit. p. 137.

[5] Rifkin, Jeremy. La era del acceso. Ob. Cit. p. 138.

[6] Ferrès, Joan. Educar en la sociedad del espectáculo. Paidós. Barcelona, 1999. p.20.

[7] Ferrès, Joan. Ob. Cit. pp. 25-26.


2 Responses to “El ciudadano Wi-Fi y el ocio intersticial I”


  1. 1 ios
    2 julio, 2013 a las 4:06 pm

    Very good post. I am experiencing a few of these issues as well.
    .


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