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Feb
08

El ciudadano Wi-Fi y el ocio intersticial III

La duración de los espacios sin actividad productiva-social está cambiando. El tiempo de ocio ha explotado en pequeños fragmentos. La oferta de ocio, global como jamás antes lo fue, es un universo de miles de propuestas. La extraordinaria diversificación de la oferta acentúa la tendencia a la promiscuidad del consumidor. Las nuevas creaciones son pensadas para ser consumidas integralmente de modo secuencial y en modo pildorizado. Aun cuando aparecen en su formato tradicional, las microestructuras dejan entrever una tendencia a las escenas cortas, los diálogos breves, el sentido encapsulado en pequeñas dosis. Todo contenido debe poder presentarse en tajadas finas, descomponerse en múltiples unidades que tengan sentido simbólico y comercial.

Las brevedades se adaptan mejor a la fragmentación del tiempo. Con cápsulas de fruición que ensambladas dan lugar a nuevos géneros, microgéneros, géneros personales, el usuario navega más flexiblemente los tiempos de ocio que le tocan vivir. Con la llegada de Internet móvil, la pildorización en general y la videomanía en especial se exacerbarán.[1] La videomanía se consume obviamente en píldoras de corta duración.

En el ámbito laboral, el estrés creciente aumenta el número de micropausas. Burbujas de no-actividad productiva durante las cuales pueden disiparse las tensiones relacionales que provoca el trabajo. Oxígeno para renovar la concentración asfixiante en cada tema y situación problemática. La complejidad y polifuncionalidad de los puestos de trabajo y la diversidad de temas tratados y de interlocutores no está siendo gestionada por las nuevas estrategias de management y de gestión de personas con la eficacia suficiente como para disminuir el estrés cognitivo. Por razones muy diversas, entre las que predominan las socio-organizacionales y los nuevos medios de comunicación, el ambiente laboral se ha llenado de micro espacios distractivos, espacios de no productividad, paradójicamente indispensables a la competitividad y productividad del usuario. La mensajería instantánea entre colegas, la lectura del periódico en Internet, los mensajes de texto interpersonales y las alertas en el celular, los correos electrónicos personales y el spam que se entremezcla en la bandeja de entrada con los mensajes profesionales, las pausas para fumar. Segundos, minutos. El tiempo de ver un video corto, buscar en DeRemate algo para comprar, contestar un SMS.

El tiempo de ocio es tiempo de informarse pero sobre todo es tiempo de distensión, de esparcimiento y de divertimiento. Las actividades económicas están repletas de intersticios. Dentro de ellas como entre ellas, el ocio intersticial se vuelve económico, mercantilizado. El hecho de que el usuario no haya aceptado dejar la gratuitad del modelo inicial que le ofrecía la red por uno selectivo y de pago, aun tiene consecuencias. Los nuevos medios sustentan sus negocios en la publicidad, en primer lugar. Los accesos de pago son minoritarios e irrelevantes en términos económicos globales. La filosofía que inspira los nuevos medios se funda en la idea de que a cambio de acceder al contenido, el usuario está dispuesto a consumir publicidad y que este consumo es elástico, lo que aun está lejos de demostrarse. Esto connota casi irreversiblemente toda estrategia de comunicación de ocio y la condena a un modelo de negocio publicitario. Con esa caracterización, el ocio intersticial es una mercadoutopía hecha realidad.

La vida hiperurbana (7 días de vida en la ciudad) está repleta de estos intersticios. Los ciudadanos no hacen más que recorrer un conjunto de estaciones, paradas entre las cuales existen vacíos a colmatar, ausencias de “actividad”, provocadas o espontáneas, que deben completarse para resolver de manera equilibrada el balance de su vida social en movimiento. Estas “no-actividades”, estos intersticios de la vida social, implican solo el esfuerzo psicológico de estar en movimiento. No implican un compromiso emocional con lo que está viendo o escuchando.

Pueden ser espacios de aislamiento o de inmersión para el usuario que, sometido al cono invisible de los auriculares, procese un ruido elegido por él para separarse del bullicio circundante y público. El nuevo medio lo lleva de la esfera pública a la privada. Pero pueden ser también medios compartidos, cuando el usuario enajena su conversación privada en el móvil y los otros transeúntes deben soportar un contenido característico de Gran Hermano. En ese caso, son burbujas privadas que se hacen públicas y se entremezclan. Una gran conversación en la que todos participan obligadamente, aunque no lo deseen. El bullicio ciudadano ha incorporado nuevos sonidos. Pulgares que teclean con rapidez en una minúscula botonera. Ringtones y sonidos lúdicos. Las voces de conversaciones celulares de las que participa sin pedirlo todo el organismo social.      

Este subsistema de intersticios ociosos, mediáticos e hiperconectados, que participa del sistema productivo y, al mismo tiempo, lo reconfigura así como lo transforma el modo de producir y compartir información entre las personas, representa una ruptura histórica con la mente laboriosa tradicional, acostumbrada a la exposición sistemática, a la presencia humana, a las relaciones presenciales apenas mediatizadas, a una exposición visual exagerada a través de un mobiliario corporativo vidriado o semitransparente, a una razón y un orden organizacional que decretaba las pausas metódicamente. El ocio intersticial no es una ruptura suave – aunque no lo queramos admitir – con la rutinización tradicional de las pausas. Es hijo de la hiperconectividad y de la mediatización de las relaciones familiares, sociales y profesionales. Es producto también de la flexibilidad. Los nuevos criterios tienden a demostrar en la práctica que la optimización de la productividad se obtiene mediante fórmulas flexibles, entiéndase una gestión por objetivos y una evaluación del desempeño por resultados. Criterios que liberalizan la supervisión aplicando métodos de control de gestión que aceptan más cómodamente la descentralización y la autonomía en la toma de las decisiones y la flexibilización de las dedicaciones y de los tiempos. 

Los intersticios son transiciones durante las cuales el usuario guarda distancia entre dos puntos, el de partida y el de llegada. Simulacro de objetividad, un proceso de distanciación prudencial entre un sitio y otro, un estadio y otro. El desplazamiento es pasajero.

El discurso mediático intersticial se inspira en el entretenimiento y el placer como la supra-ideología. En el ámbito laboral, aun cuando se restringe más a las fronteras de los medios establecidos, al ecosistema mediático institucionalizado, a la consulta técnica-profesional, a lo informativo, sobre todo cuando se trata de usar la conectividad corporativa, el usuario termina superando por algún canal las barreras interpuestas por la relación de dependencia y las exigencias de la productividad. Internet, y más aun la TM, son las vías privilegiadas para eso. Las líneas de TF disminuyen en número y mucho más en consumo corporativo cuando se trata de un uso privado o semiprivado de las líneas. 

Estas transformaciones de una sociedad manifiestamente centrada en la mente tipográfica en una sociedad en la que el ocio ocupa un papel primordial ha tenido profundas implicancias socio-políticas, al convertir los medios en el epicentro cultural de las sociedades, caracterizado por el poder de seducción, por el estímulo sensorial de la realidad y por “su simple comunicabilidad, en línea con el menor esfuerzo psicológico”.[2] Una de las implicancias sociopolíticas es la centralidad de los medios en la vida cotidiana de los ciudadanos, en particular de los contenidos audiovisuales, por medio de una exposición acumulativa a las imágenes dinámicas que contrasta con la dedicación diaria de las personas a la interacción personal en el hogar y a las relaciones sociales en general. Esto fue así hasta la llegada de la TM. Antes, en las grandes ciudades de occidente, menos de 15 minutos por día por persona era el promedio de la dedicación al intercambio comunicativo familiar. Gracias a la TM, a pesar del incremento de los tiempos de viaje entre el hogar y el trabajo, las relaciones con la familia y con los amigos se han incrementado. Más comunicación interpersonal, mediatizada por la TM. Oral u escrita, la comunicación vía móvil se ajusta muy bien a las necesidades de comunicación de las grandes urbes. Con una disponibilidad total, el móvil, que ha suplantado al despertador y a la calculadora, que roba consumo a la telefonía fija y al correo electrónico, responde con economía de esfuerzo, un costo asequible y nuevos formatos y géneros a la necesidades de comunicación.

La “cultura urbana”, paradigmática de la civilización contemporánea, es una cultura mediática. Schmucler y Terrero afirman: “[…] el mundo urbano actual tiene, a su vez, un núcleo central de significación en la llamada comunicación masiva. Más precisamente, en los medios masivos de comunicación cuya presencia es tan determinante que caracteriza al conjunto. No resultaría caprichoso pensar que, hoy, hablar de la cultura urbana – es referirse a la cultura mediática”[3]. El patrón globalizado de comportamiento predominante en las sociedades urbanas indica que la segunda categoría de actividad en orden de importancia después del trabajo es el consumo de medios masivos de comunicación. Más aún, en el hogar, es la actividad predominante. Escuchar/ver medios de comunicación no es de ninguna manera una actividad excluyente, sino más bien una actividad que se combina fácilmente con otras, por ejemplo, con los quehaceres domésticos e incluso con la interacción social. Como decía Castells, una casi constante presencia de fondo, el telón de nuestras vidas. “Vivimos con los medios y junto a los medios.”[4] Esta relevancia de los medios de comunicación en una sociedad que produce una oferta cultural y de ocio de tan diversas naturalezas y en cantidades abundantes, hace concluir a algunos analistas que la cultura masiva de los medios es la cultura hegemónica.[5] Puede ser que la cultura mediática no sea al fin y al cabo la cultura de todos ni mucho menos, pero sí connota la cultura urbana. En paralelo, la vida en la gran ciudad se ha digitalizado. En el hogar, en la interacción con los otros, en el acceso a la información y en la producción de nuevo conocimiento. La vida urbana es una vida en la que los bits están por doquier. Y como los medios abundan, los contenidos en bits también.

Se está produciendo sin embargo, una brecha con el pasado mediático aun reciente. Los usuarios se desplazan de los medios tradicionales hacia los nuevos medios, digitales, interactivos y en línea, especialmente aquellos que facilitan el acceso a redes sociales y a contenidos audiovisuales. Compartir contenidos propios y ajenos es una de las actividades sociales que más crece proporcionalmente, incluyendo actividades laborales y no laborales. Por ejemplo, la comunicación mediatizada a través de la mensajería instantánea tiende a ganarle terreno al correo electrónico. Como medio y pasatiempo ha sido adoptado por una amplia franja de usuarios de Internet.

Las multitudes urbanas son hiperconectadas a través de redes que se solapan, el videocable, la red de telefonía básica (para acceder con banda ancha a Internet) y la red de TM. Entre las tres, comienza a destacarse, a pesar del bajísimo nivel de servicios de valor agregado que ofrece por el momento, la última de ellas. La red de TM se usa en cualquier momento del día ofreciendo cada vez más los servicios que, hasta poco tiempo atrás, prestaban de manera exclusiva las otras dos. Su preeminencia es mayor en la generaciones más jóvenes. Las tecnologías inalámbricas constituyen para la generación de nativos digitales la primera red de comunicaciones. El uso simultáneo del móvil con otros soportes es algo cotidiano entre los jóvenes. Las redes de TM se usan al mismo tiempo que las demás.

En pocas oportunidades, una tecnología ha impregnado tanto y tan rápidamente la sociedad. Las tecnologías digitales de naturaleza computacional son, después de la imprenta, el ferrocarril y la electricidad, el encuentro de mayor significación de las tecnologías con la sociedad. Pero, a diferencia de la electricidad, las TICs no tratan ni transportan una corriente inerte sino información, es decir, saberes y poderes. Las TICs no son autónomas, no adquieren significación sino es por el tipo de recepción y adaptación que le confiere la sociedad: la que le ofrecerán entonces la sociología, la política y la cultura. Lo que cuenta en definitiva en este encuentro, es qué hace la sociedad, qué capacidad tiene de conducir y de apropiarse de ellas.[6]


[1] Casi la mitad de los usuarios jóvenes de Internet vía móvil de EE.UU., cuando accede a la red lo hace durante menos de una hora. Nielsen Mobile. “Kids on the Go: Mobile Usage by Teens and Tweens.” Citado por Knight, Kristina. Mobile teens, tweens react differently. 14 de diciembre de 2007. Consultado en http://www.nielsenmedia.com/nc/portal/site/Public/menuitem.55dc65b4a7d5adff3f65936147a062a0/?vgnextoid=885472b6caf96110VgnVCM100000ac0a260aRCRD el 31 de enero de 2008.[2] Castells, Manuel. El surgimiento de la sociedad de redes. Ob. Cit. pp. 327-364.[3] Schmucler, Héctor y Terrero, Patricia. “Nuevas tecnologías y transformaciones del espacio urbano. Buenos Aires 1970-1990.” En Revista Telos, Nº32. Fundesco. Madrid, 1993. p. 27.

[4] Castells, Manuel. La era de la información. Economía sociedad y cultura. Vol.1 La sociedad red. Alianza. Madrid 1998. p.366.

[5] Bisbal, Marcelino. En Barrios, Leoncio y alt. Industria cultural. De la crisis de la sensibilidad a la seducción massmediática. Litterae Edit. Caracas, 1999. p. 77.

[6] Nora, Simon. Où nous mène l’informatique? Ob. Cit.


1 Response to “El ciudadano Wi-Fi y el ocio intersticial III”


  1. 26 septiembre, 2016 a las 9:47 am

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