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Sep
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Paradigma de transición: cuando la producción de contenidos es participada

Hace pocos días estuve en Rosario (Argentina), invitado por Fernando Irigaray y su equipo, Matías Manna y Dardo Ceballos, para hacer la conferencia de apertura del Foro de Periodismo Digital que la Universidad Nacional de Rosario organizó con el apoyo de Fundación OSDE y Fundación La Capital. Aquí debajo la primera parte de la entrevista que respondí con motivo del Foro. La versión completa se encuentra disponible en el libro Nuevos Medios, Nuevos Modos, Nuevos Lenguajes. (UNR, septiembre de 2009) accesible en línea.

¿Qué análisis puede realizar sobre la historia del periodismo digital? ¿Cuáles fueron los principales cambios que se produjeron dentro de la profesión?

Partamos del periodismo de prensa gráfica. El periódico ha sido el emblema de una sociedad que hace más de un siglo asume que la divulgación del conocimiento es el principal factor de cohesión social, que la información es vital para la toma de decisiones de todo ciudadano y que la calidad de las instituciones de gobierno está recíprocamente determinada por la calidad de los medios de información a los que accede la mayoría de la sociedad. El diario es el único texto al que la amplia mayoría de las personas en los países latinoamericanos podía acceder todos los días. No es necesario argumentar a favor del efecto democratizador de esta lectura. Personas que jamás han leído libros fuera de la escuela, pueden acceder a los textos de los diarios cotidianamente. Aunque el fenómeno de los diarios gratuitos todavía no se ha desarrollado en nuestros países, cumple un rol central en la dinámica del sistema de la prensa gráfica en la actualidad a nivel global. La prensa a nivel mundial sería ampliamente deficitaria sin los periódicos gratuitos, sobre todo de Europa, y sin las nuevas audiencias de los países emergentes de gran potencial sociodemográfico, como India y China, pero sobre todo India dado que es la mayor “democracia” del mundo, dónde la clase media ve en la lectura del periódico impreso un emblema de su nuevo status social. Tanto la prensa gratuita como la llegada de nuevos territorios son desafíos y oportunidades para el desarrollo de la profesión.

El siglo que instaló la democracia como la forma de convivencia pacífica de mayor cohesión social fue el siglo de las mayores atrocidades cometidas por el Hombre en la Historia de la Humanidad, y también el siglo que nos dejó la lectura del periódico como una práctica social relevante, como la forma más difundida de compartir información. Qué paradoja, ¿verdad? La pregunta que deberíamos hacernos en la actualidad es ¿no estaremos viviendo la última fase de desarrollo de la ilusión democratizadora del siglo XX?

Adentrados en el nuevo siglo, decididos a integrarnos críticamente en la era digital, lo que menos debe importarnos es el soporte. Insisto siempre en que, en lugar de preguntarnos si tiene futuro el periódico, deberíamos preguntarnos qué periódico tiene futuro. Entre las Industrias de Contenidos, categoría que los medios tradicionales evitan, el complejo industrial-periodístico ha sido lento para reconocer el impacto de las nuevas formas de consumo cultural y de los cambios ambientales en la concepción misma de lo que significa leer. El complejo editorial, en su conjunto, libros, revistas y periódicos, se aferró al soporte papel en lugar de activar sus saberes para actualizar los modos de producir nuevo conocimiento y de distribuir sus contenidos. Sabemos que los prejuicios le han costado caro. Prejuicios hacia lo digital, hacia los nuevos lenguajes, los nuevos soportes, los nuevos usuarios. Si el cambio no se produce rápidamente, el crecimiento de la publicidad y el factor de influencia social (construcción de agenda pública, desarrollo de estrategias de lobbying mediatizado) no van a poder compensar los efectos devastadores de los agentes globales como Google, ni la avasalladora tendencia a la lectura promiscua.

El diario impreso, tal vez más que los otros medios de comunicación tradicionales, pero menos que las revistas, responderá cada vez más a otros criterios de uso. Tal vez, incluso, se transformará en un bien meritorio, un producto de prestigio social, que es bueno tener, regalar y recibir, al igual que un libro. Imaginemos algunos pocos lectores pertenecientes a un segmento socioeconómico y de consumo cultural elevado leyendo el periódico impreso en confortables sillones como antes leían libros. Es probable o, al menos posible, que el periódico impreso de los sábados y domingos que puede pesar más de un kilogramo, termine teniendo un precio prohibitivo o inhibitorio para la amplia mayoría de la población. ¿La unidad-producto actual puede mantenerse en el tiempo? Para responder, aun con la prudencia que requiere comparar lo incomparable, sería de interés leer con detenimiento la experiencia de la industria discográfica. Sabemos que las unidades-producto tal cual las hemos conocido hasta ahora, se modifican en el pasaje al on line. Se compra un periódico entero porque el quiosquero no vende unidades menores a la unidad-periódico. Lo mismo sucede con las revistas y los libros. La distribución minorista se limita en este caso a intermediar por la localización, la proximidad a los usuarios. Ningún eslabón de la cadena de distribución off line se encarga de desagregar lo que en la red se distribuye, sin cuestionamientos, en unidades-producto más pequeñas. Se consumen títulos (GoogleNews), páginas de Último momento y artículos sueltos a la unidad.

Para casi todos los usos cotidianos, la forma de distribuir los contenidos es obsoleta. El sistema mediático en general se ha vuelto poco práctico frente a la movilidad de los usuarios, los ritmos de las actividades comunes y las expectativas de creatividad. Ya nada sorprende a los lectores. Las notas periodísticas han dejado de ser historias atractivas, historias que logran involucrar al lector emocionalmente.

Por otra parte, se están produciendo constantemente nuevas tensiones entre la producción por soporte y la capacidad de difusión y recepción ubicua. La información tiende a estar disponible para todos los soportes, inmediata y simultáneamente, lo que impone la introducción de saberes y tecnologías que permitan hacerlo lo más automáticamente posible para ajustar los costos a los precios que el usuario está dispuesto a soportar. Esto concierne tanto el terreno de la producción como de la distribución de contenidos. Al mismo tiempo, impulsa una revisión en profundidad del marco normativo. Pero la ubicuidad no es el único foco de tensión. Entre la autoría centralizada y, lo que podría denominarse, autoría participada, se exacerba debido a la incorporación creciente de contenidos producidos por los propios usuarios del sistema.

Si nos detenemos sobre las etapas mas recientes, podríamos distinguir grosso modo dos períodos. El primero, que en gran medida acompañó la web 1.0, en el que los medios digitalizaron parte de su producción y de su distribución, evitando sacrificar audiencias y replicar contenidos. Prejuiciosamente, se mantuvieron distantes de todo aquello que la Convergencia proponía. Tan distantes como estuvieron distantes cultural e incluso físicamente las dos redacciones. La segunda, más reciente, en la que la relación entre las dos culturas se encaminó al diálogo en el que estamos actualmente, multimediatización, polivalencia y flexibilidad mediante. Sumidos en la perplejidad de una Convergencia que no los esperó, los medios se suman de a pie a un tren en movimiento. Sin duda, el problema es cultural y no tecnológico.

Tal vez lo más importante sea las carencias para entender el contexto cambiante en el que nos movemos. La década que está por terminar, se ha caracterizado por la aparición de una economía de grupos, emergente de lo que es una verdadera reorganización de la sociabilidad, por el alivianamiento de las infraestructuras que ha llevado a repensar los flujos de intercambio físico y simbólico, por una creciente carencia de significatividad en la comunicación y, como consecuencia de ello, una resignificación de los medios, por una desterritorialización virtual creciente como una de las múltiples transformaciones que produce la globalización, y por una brecha alarmante en la forma de informarse y de apropiarse de los medios de comunicación entre, por un lado, las nuevas generaciones, la generación del pulgar, del undo, los nativos digitales, y por otro, las generaciones X y los babyboomers. Todo esto vulnera los principios sobre los cuales se fundó el desarrollo y crecimiento de los grandes medios del siglo XX.

[El video de la conferencia de apertura (baja resolución, excelente calidad de audio) y de las conclusiones están disponibles en ustream.tv.]



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