27
Feb
10

(I) Razones para estar casi seguro de que el libro tiene futuro

Aprender de los (errores de los) demás siempre es un buen negocio

Los resultados que se detallan en el Digital Music Report 2010 de la IFPI muestran una leve mejoría de la industria respecto de años pasados. Muy tímida y escépticamente, sometidas definitivamente al régimen magro de las mínimas unidades (track) monetarizadas por centavos la pieza, y soportando la concentración de la distribución digital en una pequeña cantidad de nodos hacia dónde los escasos usuarios que desean pagar por los contenidos se dirigen, algunas pocas de entre las pocas novedosas fórmulas de negocios nacidas después del magnicidio comienzan a encaminarse hacia los números positivos. En resumen, nada verdaderamente nuevo que tenga impacto real y global acontece sino es la tardía “racionalidad” de la industria musical que, frente a lo que queda del futuro, ha decidido finalmente avanzar mancomunadamente. Los grandes grupos internacionales de la edición musical decidieron finalmente adoptar una postura común que supera los intereses compartidos por reprimir la piratería y la ilegalidad bajo todas sus formas, y alcanzar una posición sectorial proactiva que tenga un impacto global, en lo social, lo tecnológico y lo cultural. El proyecto Vevo.com (Sony Music Entertainment, Universal Music Group, EMI y Abu Dhabi Media Company) para monetarizar videoclips musicales es la prueba de esta madurez. Tal vez tan involuntaria como tardía, esta posición común busca rescatar lo que queda del mercado de la TV paga, marcar su propio ritmo en el negocio de la telefonía móvil sin caer en la esfera de Apple, Nokia o Verizon, y sin poder alejarse aun de Google que comanda YouTube (Vevo está albergado y desarrollado en forma conjunta con Google), mostrar a los anunciantes una capacidad de convocatoria autonómica, por eso, la entrada se hace por el dominio “Vevo.com” en lugar de construir un canal cuyo portal sea el mismo Youtube. Por el impacto que tienen los cuatro grandes en la producción y edición de música a nivel global, Vevo será una plataforma emblemática del sector, a falta de una plataforma “del” sector, que debió, tal vez, haber sido el primer paso. El esfuerzo de la industria broadcast por posicionar a Hulu en los territorios que otrora fueran de exclusividad para Youtube es tan elevado y lento, que los cuatro grandes de la música entendieron que, para ingresar en el top five de las plataformas de distribución en el mediano plazo, si no lo hacían de la mano de una “tecnológica” el objetivo sería imposible de alcanzar con el estado actual de las cuentas del sector.  

La convalecencia de la industria musical no debe esconder otros muchos nichos de precariedad en el cada vez más convergente mercado de los contenidos. El cine latinoamericano y europeo sigue, en general, abrazado al salvavidas de los subsidios. Hollywood vive en ebullición por la concentración multimillonaria en pocos títulos y una creciente globalización de sus ingresos (Avatar se distribuyó en 17.000 salas de 122 países y recaudó más del 70% fuera de EE.UU.), la reducción del número total de espectadores (en 2009 respecto de 1998, en Argentina hubo igual afluencia de público y en EE.UU. se vendieron menos entradas) y de tickets por film (Avatar vendió menos entradas que Titanic y ni siquiera es una de las 50 películas más vistas de la Historia). Flipa además entre, por un lado, los nuevos negocios de la distribución digitalizada a las salas de exhibición basados en una mejora del ingreso por butaca (un negocio puro de real state) ofreciendo la retransmisión de grandes espectáculos y eventos deportivos internacionales (el 14 de enero de 2010, la ópera Carmen de la Metropolitan Opera de Nueva York se proyectó simultáneamente 850 salas en 31 países) y, por otro, la amplificación de su ventaja competitiva cuando de experiencia inmersiva se trata gracias a la llegada de productos 3D que obligan al usuario a consumirlo en sala evadiéndolo de la tentación pirata. Incluso ya piensa en un negocio dual, como las transmisiones en vivo de grandes encuentros deportivos a salas digitales con proyección 3D. Bollywood, por su parte, bate récord a pesar de la crisis global y busca fronteras para un posible despliegue multicultural a escala global que lo saque de la excentricidad y lo convierta en un líder global de la industria, lo que aun demorará un tiempo. La televisión se abandona a la suerte de los formatos y las latas en países lejanos. Mientras la prensa gráfica no acaba de digerir la fusión de las redacciones ni acaba de probar la rentabilidad de las nuevas combinaciones que entrelazan periodistas y lectores, y mezclan gratuito y pago. Mientras todo eso ocurre a una velocidad que deja obsoleto cualquier método de cálculo conocido, el libro busca su futuro y los editores y libreros se preparan para dar batalla allí donde esta se lleva a cabo: la pantalla. O más precisamente, las pantallas, la tercera (la computadora) y la cuarta (el móvil).

A diferencia de los otros sectores, la industria del libro tiene más de 450 años de experiencia… pero en un mundo que tiende a extinguirse. No cambiarán todo, ni se masificarán como algunos auguran y otros premonizan, pero los nuevos soportes introducirán modificaciones en la forma de acceder al contenido y en el contenido mismo. Este fenómeno que ha afectado tanto a otras industrias de contenidos, le ha reservado a la industria del libro un lugar de privilegio: poder relevar los daños, diagnosticar y actuar en consecuencia. Partiendo de un pasado que lo ha preservado y un presente que le deja estrecho margen para observar, entender y corregir, aunque cada vez, con menos lugar para la creatividad aislada y las propuestas propias, el libro busca su futuro.      

Con la industria broadcast y de la música, la industria del libro comparte los efectos de la concentración de la distribución on line en pocas plataformas, lo que reduce la capacidad de negociar y obtener precios adecuados para sostener la producción profesional, al menos, bajo los parámetros de rentabilidad que tuvo. Como el cine más que como la música, padece la concentración de los ingresos en unos pocos superbestsellers, lo que aumenta los riesgos y la dependencia de algunos autores-marca. De la música, está aprendiendo el peso que tienen la desmaterialización de los soportes y la fragmentación comercial de sus productos en unidades menores. Y con ella, aprende acerca de la movilidad más rápidamente que con la prensa gráfica. Concurrentemente a esta última, apura la búsqueda de modelos duales en los que las fronteras entre lo gratuito y lo pago sean tan suaves que el usuario no perciba cuando deja una zona para introducirse en la otra. Simultáneamente, inventan modelos freemium dónde la publicidad no puede inmiscuirse o no asegura el fondeo del negocio. Aprenden no tan juntos como deberían, los nuevos lenguajes, los nuevos hábitos de lectura y las nuevas formas que adopta la triple relación autor-editor-lectores.

La próxima entrada

Razones para estar casi seguro de que el libro tiene futuro II: Las cosas pueden evolucionar más rápido de lo pensado.



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