19
Ago
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Universidad Generación Y

La universidad que era nuestra

¿Qué hicimos para merecer esto? ¿Qué hace mal mi universidad para estar en esta situación? Así comenzó la conversación el Rector, cuando me recibió en su despacho. Su universidad me había invitado como asesor académico a darles una opinión acerca de algunas situaciones que juzgaban “anómalas”. Al Rector de esta universidad latinoamericana de elevado prestigio, le resultaba imposible creer lo que estaba ocurriendo y aceptarlo sin más. Como en el intercambio de correos electrónicos que habíamos mantenido antes de que yo viajara no había nada muy preciso que me indicara los “problemas”, había llegado la hora de enterarme. Inmediatamente después de las preguntas culposas del inicio, le siguieron las respuestas que esperaba. En los últimos tres meses en unidades académicas diferentes, habían habido tres casos de plagio en tesis de maestría, en YouTube los alumnos habían subido videos del equipo de futbol universitario a un canal que crearon ellos mismos utilizando el isologo de la universidad sin autorización, en las pruebas de grado habían detectado alumnos que se enviaban mensajes de texto de un móvil a otro con las respuestas a los exámenes durante las pruebas, en Twitter hablaban de los profesores y de los investigadores con frases inteligibles, incluso acerca de él como Rector, y en Facebook detectaron 17 grupos y dos causas, algunos de estudiantes y otros de docentes, que hablaban de la universidad como si fuese suya! Ante esta situación, el Consejo Superior entendía que debía tomar decisiones pero no sabían qué hacer. Las recetas prescriptas por sus asesores en comunicación no terminaban de convencerlos y querían una segunda opinión más académica.

Las universidades están viviendo un momento de grandes transformaciones. El cambio se llama Y y es de naturaleza disruptivo. Lo que está aconteciendo es un proceso de aculturación en el que la interpenetración de dos modelos diferentes de producir y compartir el conocimiento se encuentran y desencuentran furtivamente, evitando cuando se puede una intersección que no puede suceder sin costos para las partes. La Generación Y ha llegado a la Universidad con su mochila cargada de experiencias digitales extremadamente distantes de las prácticas universitarias tradicionales. Más aun, diferentes de lo que han sido y son las prácticas sociales de la amplia mayoría de la sociedad. Esta generación de jóvenes alumnos y de jóvenes docentes son los hacedores de esta situación, una realidad que supera todo lo que pudieron imaginar los espíritus más creativos del ámbito académico o de la investigación científica. 

Quienes son los Y

Progresivamente la sociedad de tres generaciones se está convirtiendo en una sociedad de cuatro. Es la primera vez en la historia que la familia comprende cuatro y hasta cinco segmentos etáreos cuyos extremos son separados por un siglo de historia. La sociedad avanza hacia una estructura social para la cual la capacidad de adaptación mutua y las formas de cohesión que conocemos y practicamos tal vez no resulten eficaces. Empiezan a esgrimirse serias y fundadas dudas acerca de cómo se resolverán los conflictos entre grupos sociales que han tenido experiencias de vida tan diferentes y que en su conjunto conforman un colectivo cada vez menos homogéneo en cuanto a paradigmas y valores compartidos sobre los que debe construirse una visión de futuro común. Las prácticas sociales de unos y otros están distinguiéndose constantemente y la diversidad de patrones comportamentales se amplifica a medida que las tecnologías de la información y de la comunicación adquieren un rol preeminente en la vida cotidiana. Los cambios sociales y culturales se han acelerado haciendo que, con valores y comportamientos sociales muy diversos, haya mas generaciones sociales y digitales luchando por un espacio de expresión e influencia.

Ninguna forma de describir y explicar estos pliegues generacionales es de aplicación global. Sin embargo, en un primer nivel de simplificación puede admitirse que algunas  tensiones intergeneraciones son transfronterizas. No hay manera de utilizar categorías globales para los cambios generacionales, como tampoco existe una forma de identificar de manera exclusiva una persona con una generación social y una generación social con una generación digital. Aun así, es posible relacionar las generaciones con la evolución de las formas de consumo cultural vinculadas, especialmente a las TICs.

La universidad como organización social no escapa a esta realidad etárea y digital. Está constituida por varias generaciones sociales y de varios niveles de competencias digitales. En ella se desempeñan y conviven alumnos, docentes, directivos y agentes de control que pertenecen a diversas generaciones sociales y digitales. Entre ellos, los alumnos de la generación Y y un número creciente de docentes que podrían adscribirse con cierta facilidad a la misma clasificación. Alumnos que en su mayoría pertenecen y se comportan social y digitalmente como 2.0 en una universidad 1.0. Podría decirse que la universidad está “en transición”, repleta de personas con comportamientos híbridos tanto en el consumo cultural como en las prácticas sociales. Una proporción creciente de esa población sabe que la necesaria resignificación de la Universidad en la vida social actual exige una transición colectiva hacia nuevas formas de enseñanza y de aprendizaje. Puede ser que no sea para mañana y que el cambio nunca alcance la dimensión 2.0 que se instaló en el imaginario social y que las expectativas de las nuevas generaciones no se satisfagan nunca. Sin embargo, es probable que esa cultura 2.0 influya de manera decisiva en el futuro de la universidad.

La generación Y, identificada como la “generación del milenio” (millennials),  la “netGeneration”, la “iGeneration” o “GoogleGeneration”, está conformada por los nacidos entre la primera parte de los años 80 y antes del 2000, con variados matices entre países y regiones. Al no creer en reglas sino en formas de guiación y colaboración, la Generación Y aumenta la distancia comportamental con las generaciones anteriores respecto de las formas de convivencia.

Es la misma generación que se manifiesta explícita o implícitamente a favor de la idea de que las prácticas socio-educativas pueden ser más eficaces si se procede progresivamente implementando servicios compartidos (redes sociales, blogs, wikis, folcsonomías) que promuevan la colaboración y el intercambio simbólico entre todos los agentes sociales que participan del proceso. Están solicitando mayor protagonismo en una relación que va decididamente camino a la nube (cloud computing) y que con ella se lleva las tradicionales prácticas áulicas. 

En esa universidad 2.0, los recursos estarán almacenados en la red, y el procesamiento y los intercambios se darán en red y en la metared. Más las generaciones consideradas hoy disruptivas tendrán peso en las decisiones, más se moverá el aula y la universidad hacia la nube.

Qué cambios se pueden esperar de la universidad

La universidad está en mejores condiciones que otras organizaciones educativas para entender la necesidad del cambio. Ese el lugar privilegiado donde pueden nacer y crecer las nuevas ideas con mayor independencia de los poderes fácticos. Es el nido más cándido para la innovación. Sin embargo no le ha resultado siempre fácil abordar los cambios propios y estrechar las distancias con lo que la vida real extramuros demuestra que son los ejes del cambio social, los centros de interés más comunes y la agenda pública de las últimas décadas.

La transformación en ciernes concierne todas las dimensiones universitarias, sin excepción. En cuanto a la difusión del conocimiento, las editoriales universitarias tienen entre manos una posibilidad de actualización extraordinaria vinculada con el cambio de soporte (cada vez más universidades ofrecen notebooks y se multiplican las pruebas con ereaders), los canales de distribución de contenidos (plataformas de e-content) y la proximidad con la que los nuevos lectores -muy representados entre sus alumnos- desean establecer la relación con el contenido, el autor y los otros lectores. Saben que se avecinan cambios en los formatos y que la fragmentación digital de los contenidos en unidades menores puede permitir resolver de otra forma que no sea el fotocopismo tan difundido en Latinoamérica, la necesidad de los estudiantes de hacer una lectura secuenciada de textos segregados (capítulos, apartados) provenientes de diferentes fuentes (libros) según las prescripciones de los profesores. Es tan probable como que la publicación del producto de la labor científica y docente gane notoriedad si las editoriales universitarias se integran más a la cadena de valor del libro impreso y digital. Aportarían a la diversidad del ecosistema del libro y saldrían fortalecidas y ratificadas en su mandato social de difusores privilegiados del conocimiento académico-científico.

Tal vez, ha llegado también la hora en la que el aula y la biblioteca conformen un monoambiente, algo más próximo a la cultura Y, a la “cultura de la nube”, una actitud más predispuesta a la circulación abierta de los saberes. Ambas, aula y biblioteca tienen mucho que ganar. La conectividad a la metared Internet es condición necesaria pero no suficiente de la cultura 2.0. El rol que pueden y deben jugar las bibliotecas es de extrema importancia, creciente es la necesidad de curaduría en la medida que Internet se configura como una red de inteligencias cada vez más distribuidas y promueve una nueva dinámica de producción y circulación del conocimiento humano sin centro.

El cambio está en marcha. El mejor indicador es el presupuesto digital. Incluyendo ebooks, pero no sólo ebooks, las universidades están invirtiendo cada vez más en contenidos digitales. Es esperable que las universidades totalmente o parcialmente dedicadas a la enseñanza a distancia muestren números que indiquen la importancia relativa que está teniendo lo digital frente a lo impreso, como puede ser el caso de la Universitat Oberta de Catalunya, que invierte más del 60% de su presupuesto en bits. Lo es menos en el caso de la Universidad de Barcelona (68%), la de Andalucía (60%), Córdoba (51%) y Murcia (55%), todas universidades dónde lo presencial prima sobre cualquier otra modalidad. Nueve universidades españolas han dedicado más del 50% de su presupuesto a contenidos digitales. En los últimos tres años, las primeras 10 bibliotecas españolas en inversión digital han duplicado la cantidad de objetos binarios en catálogo, la amplia mayoría de ellos, accesibles de manera remota, es decir, desde fuera del campus universitario. Se trata de un fenómeno compartido, no exclusivo de las grandes universidades estadounidenses, ni a los sitios académicos de elite de los países emergentes. Los bits, que hace tiempo habían desembarcado en las bibliotecas, tienden a ser cada vez más abundantes en las colecciones universitarias y a influir de manera significativa en un cambio que tiene como protagonistas a las nuevas generaciones de estudiantes, docentes e investigadores que ya no aceptan con facilidad las reglas de una biblioteca anclada en la era industrial.

Los productos de la era digital ni se producen ni se consumen de la misma forma que en la era industrial. El producto de la cultura industrial es concebido para ser distribuido como acabado, cerrado, lineal, cronológicamente producido y organizado, es inanimado, susceptible de una explotación limitada a un territorio y durante un lapso de tiempo determinado, es bidimensional, es decir, sin espesor ni posibilidad de ampliación o profundización, es premiado, acreditado, autorizado, prescripto, homologado. Mientras que el producto de la cultura digital propia de la generación Y es inacabado, abierto, mestizo, híbrido, compartido y comentado, expandible y capaz de empoderarse de lo ajeno, de lo provisto por otros autores no contemplados en el plan original, pseudoanonimizado, no lineal, hipervinculado, sin territorios, accesible inmediatamente, antecronológico (blog), votado (democrático) en lugar de premiado (meritocrático).

Las bibliotecas están en transición y este cambio tiene que ver con sus nuevos usuarios, lo que implica aceptar ir hacia un nuevo modelo que, a su vez, implica un nuevo perfil de bibliotecario. Así lo deja entrever el cambio de su entorno de trabajo y el tipo de servicios que se le exigen. Es en la interacción con esos nuevos usuarios que se modela su futuro. La formas que adopte para gestionar los recursos cada vez más complejos y variados, de naturaleza, soporte y origen muy diversos, y los canales y estilos de relacionarse con sus públicos, de aceptar su carácter participativo y de auscultar la demanda latente, serán determinantes para definir los nuevos perfiles bibliotecarios. Se acrecienta la idea de que el rol de curadores que siempre les cupo va a incrementarse, pero no será suficiente para cautivar las nuevas audiencias. Son competencias nuevas las que podrían surgir de esa interacción con los nuevos públicos, más próximas al perfil de gestores de comunidad (community manager) con un fuerte interés por la mediación y la mediatización en la web, que a la tradicional función de asesores. Que los servicios vayan a la nube hará que los encuentros presenciales sin desaparecer serán minoritarios frente a lo que sucederá en la virtualidad.

Habrá que acostumbrarse a la transición, un lugar incómodo en el que constantemente se tiene la sensación de lo provisional, de que muchas referencias se desplazan, que el barco se mueve. En la traslación hacia lo digital, es posible que se pierdan audiencias pero es probable que aparezcan nuevas. El desafío consiste en ensanchar los públicos, ir en búsqueda de los que hemos perdido y de los que podemos ganar sin perder los existentes. La hora ha llegado de dotarse de un paradigma de transición a medida, ajustado al estado de la organización y de sus integrantes, que nos permita navegar en la incerteza con un plan propio, sabiendo que éste solo puede ofrecer provisionalidad. Con flexibilidad y saberes compartidos, es más probable que tengamos éxito y que la generación Y no nos parezca tan disruptiva como al Rector de la anécdota.



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