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¿Qué sabe hacer JOBS que ENGELBART no supo?

Douglas entró decidido al Centro de Convenciones de San Francisco. Se dirigió al auditorio. El público estaba sentado. Las luces enfocaban un pupitre. Le pusieron una bincha con auriculares y micrófono, igual a las que hoy se usan corrientemente. No parecida, igual. Camisa blanca, corbata apretada, nudo al centro. Douglas había medido cada paso, cada palabra sin haber estado allí y sin haber dado un discurso similar. Lo había imaginado decenas de veces. Era el 9 de diciembre de 1968. Había llegado la hora. Hubiera preferido que las máquinas hablaran. Pero las luces, de repente, lo convirtieron a él en el protagonista. El misterio duró algunos pocos minutos, hasta que Douglas Engelbart, a quien seguramente ya conoce o acerca de quien ya escuchó hablar, comenzó a mostrar en una pantalla lo que quería compartir.

90 minutos duró la presentación. Engelbart, junto a su equipo del Augmentation Research Center (ARC) en el Instituto de Investigación de Stanford, había preparado una exposición que resultaría impactante, al límite de lo que podían asimilar los casi 2000 participantes al Fall Joint Computer Conference. Los que estaban acostumbrados a echar frecuentemente una mirada al futuro, nunca habían visto tan lejos.

La presentación de Engelbart fue apasionante. Tal vez, la primera vez que se hablaba en público de control de dispositivos y de interfaz, se demostraba el funcionamiento de un mouse, se explicaba el misterio de las relaciones entre palabras y documentos mediante un link, se veía cómo producir texto en tiempo real y cómo trabajar con múltiples ventanas simultáneamente. El evento pasó a la historia como La madre de todas las demo.

Mucho antes de convertirse en el líder del grupo de Stanford, Engelbart había sido operador de radar durante la Segunda Guerra Mundial. Más tarde, había trabajado en la red militar ARPANET, precursora de Internet. Con su grupo de investigación en Stanford, conceptualizó la interactividad con las primeras interfaces gráficas y el hipertexto, desarrolló también el concepto “en línea” y comenzó a analizar sus aplicaciones organizacionales, el groupware y el impacto del trabajo colaborativo en red.

Durante toda su vida de investigador, obsesivamente, enfrentó una sola pregunta: ¿Qué herramientas son necesarias para fortalecer la inteligencia colectiva de la mayoría de las personas en la aplicación a la resolución de problemas comunes y a los mayores desafíos colectivos?

Engelbart nunca trabajó para ensanchar la brecha, sino para acortarla. Siempre quiso aportarle algo a la mayoría. Si las interfaces eran más amigables, eso beneficiaría a todos, los más próximos y automotivados, tanto los que adoptan tempranamente toda tecnología novedosa como aquellos que carecen de los conocimientos necesarios o destrezas para hacerlo, aquellas personas que saben mucho puestas en red con aquellas que saben menos, aquellas que ya resolvieron problemas similares en contacto con las que empiezan a descubrirlo.

Pero sus ideas nunca pudieron ser traducidas en proyectos industriales. Experimentó mucho, y mucho antes de lo debido. Apenas diez años después de la presentación de San Francisco, su laboratorio cerró las puertas por falta de presupuesto. Era demasiado temprano. Su forma de ver y experimentar la relación de las personas con las máquinas no era compatible con lo que el mercado esperaba. La computación personal no existía como proyecto industrial. Apenas estaba naciendo Apple y la mayoría de los que hoy todavía  son considerados nuevos jugadores, no habían visto la luz. Decepcionado, entregó la llave en la administración y se marchó. Pasó por Tymshare, la compañía que adquirió numerosos derechos sobre lo producido en el laboratorio. Y finalmente, en 1988, del brazo de su hija Christina, creó Bootstrap Institute, que actualmente funciona bajo el nombre de Doug Engelbart Institute.

Aunque recibió todos los honores y premios más importantes (MIT-Lemelson Prize, Turing Award, 2000 National Medal of Technology y Ben Franklin Award, entre muchos otros), Engelbart, considerado el precursor en materia de control de dispositivos de interfaz y el inventor del Mouse, jamás recibió un dólar por sus ideas.

El Instituto de Investigación de Stanford había conseguido patentar en 1970 “un indicador de la posición X-Y para un sistema con pantalla” sobre la base de un prototipo funcionando bajo una carcasa de madera y dos ruedas de metal. Informalmente lo apodaron “ratón” por el cable que salía de la caja en forma de cola. Nadie por entonces pensaba lo que significaría para la experiencia humana con computadoras. Sin embargo, Apple, creada en 1976 obtuvo pronto la licencia por alrededor de 40.000 dólares, solamente.

La revolución inconclusa tiene sus adeptos. Son miles los que intentan aun dar respuesta a la pregunta que inspiró los trabajos de Engelbart. Con las mismas hipótesis aun trabajan miles de investigadores alrededor del mundo. La propia Stanford hace más de una década que le rinde homenaje. Uno de los más interesantes eventos se realizó en 2000 y llevó como nombre Engelbart’s Unfinished Revolution Colloquium.

Es difícil sacar conclusiones. Aun así, el título del artículo de Robert Cringely publicado en su columna semanal en la PBS en 2004 me parece de lo más acertado: Out of School: Doug Engelbart’s Experience Shows That Even the Best Technology Can Be Ignored If It Is Difficult to Classify.”

¿Qué más sabe hacer Jobs que Engelbart no supo?


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