Archivo para 27 junio 2011

27
Jun
11

Transiciones-Los sistemas de mediaciones en las democracias

 

Siéntase incómodo

 

Las transiciones son procesos desestabilizadores y, a la vez, productores de nuevo sentido. Ambos componentes influyen alternadamente en nuestra visión de lo que sucede y de lo que vendrá. Nuestra capacidad de gestionar el cambio depende de cómo gestionamos esa alternancia. Con la transición del sistema cultural-mediático y de los sistemas de mediaciones, en general, está ocurriendo eso. Por momentos sentimos que el sistema cultural-mediático jamás volverá a ser lo que era, que las formas de producir y compartir saberes, de intercambiar conocimiento, de ponernos en relación con los demás, ya no serán dependientes de las mediatizaciones que consumimos cotidianamente durante las últimas décadas. Durante esos períodos, la visión está sesgada por el carácter desestabilizador de la transición. En otras oportunidades, sentimos la ansiedad de querer encontrar el modelo de reemplazo. Eso que, de un modo u otro, le dará un sentido nuevo a las mediaciones. Probablemente son los momentos en los que estamos apurados por la implacable lógica de la supervivencia humana. Queremos saber hacia dónde vamos.

 

La ansiedad se debe principalmente a que otorgamos a la transición la vocación de partera. Entendemos transición como proceso de cambio, como revolución o transformismo, pero cambio. En ese contexto, suponemos que la transición asistirá ala Sociedaden dar a luz nuevos paradigmas de los cuales suspender nuestros pensamientos. Buscamos la comodidad. Despejar las dudas y acabar con la incerteza que tanto carga el escenario actual, demasiado apresurados todos en encontrar nuevas estabilidades, un nuevo orden. Queremos anticipar el resultado de la metamorfosis.

 

Así como las mutaciones tomadas cuadro a cuadro pueden resultar insoportables a los ojos de muchos de nosotros por la violencia intrínseca que conlleva todo proceso de profundas transformaciones y por el aparente sin sentido de las etapas intermedias, las transiciones están sujetas a contradicciones, vaivenes propios de toda evolución dubitativa y situaciones verdaderamente paradojales. Vistos con detenimiento, los pasos intermedios nos dejan la inquietud que genera la monstruosidad de la transición, esos resultados que no transmiten seguridad sino por el contrario inquietud. Es natural. Cuando lo que se deja ver aparenta algo ajeno, alejado de lo que conocemos, unos u otros, el salto de información hace que categoricemos rápidamente lo que vemos como aberrante o sorprendente, dependiendo de nuestra distancia intelectual y experencial con lo que se nos propone. Algunas veces, los resultados intermedios representan lo extraño para algunos y lo admirable para otros. Algunas nuevas prácticas sociales pueden así ser absolutamente degenerativas para algunos y, para otros, ser síntomas de una evolución netamente positiva, un camino hacia el destino que ambiciona. Como todo diseño compartido, implica asumir la emergencia de los conflictos larvados y las tensiones entre los que pretenden liderar la transición, admitiendo que ni los primeros ni las segundas se resolverán del mismo modo que cuando el statu quo reinaba o, si se prefiere, cuando la transición tenía una orientación mucho más unívoca. Es evidente, por ejemplo, la puja redistributiva entre libertad y privacidad, entre cocreatividad e innovación, así como es evidente que la fractura social, cultural y económica ha quedado expuesta a los ojos de casi todos.

 

Lo que vemos durante la metamorfosis no es lo que deseamos ver. De ningún modo es lo que esperamos resulte del proceso de cambio. Esperamos un dibujo realizado con trazo nítido. Algo descriptible, definitivo. En lugar de eso, lo único que somos capaces de ver es la expresión de algo inacabado. Por ejemplo, intentamos categorías para desagregar el universo de los medios sociales buscando aumentar la capacidad de análisis, pero también porque desearíamos estar ya del otro lado, haber tocado la tierra prometida. Existen muchas diferencias en cómo asumimos lo que acontece si adoptamos una u otra forma de entender, pero mientras dura la transición, todos estamos insatisfechos. No estamos hechos para el limbo.

 

Cuando le pedimos que nos deje entrever como será el sistema después de su metamorfosis estamos siendo injustos. Cuando queremos ver en los productos de la transición un modelo, nos volvemos fanáticos. Estamos buscando resultados intermedios e imponiéndole a esta transición tiempos similares a transiciones anteriores sin considerar que las condiciones actuales son más paradojales y que esconden contradicciones en mayor número de lo que los extremistas de un borde u otro desearían dejar emerger a la luz del día.

 

Las transiciones son incomodas por definición. Es natural sentirse incómodo en ellas. Dado que nadie desembarcó del otro lado, nadie atravesó las turbulentas aguas dela Convergenciade Medios con éxito, todos estamos navegando las incertezas con mapas provisionales. Y si nadie es nadie, es natural, entonces, que todos estemos incómodos.

 

Hacía falta incomodarse un poco, dejarse incomodar e incomodar a los demás. Problematizar más el campo profesional, auscultar más el devenir de los medios y de todos aquellos que pretenden ocupar un lugar en el metasistema de mediaciones que representan las democracias. Habrá que acostumbrarse a vivir en transición. A algunos les costará más que a otros. Para beneficio de las mayorías, las democracias se han vuelto dominios más incómodos para los predadores que las entienden como ecologías incapaces de autogobernanza o como cotos de caza.

 

Las mediaciones están en pleno proceso de transición. Serán otros los protagonistas, los protagonistas de hoy cambiarán, o ambas cosas simultáneamente. Al mismo tiempo que habrá más, esperemos muchos más, la calidad de sus mediaciones tendrá que incrementarse. Nacerán nuevas formas de mediación justificadas en y por otros criterios que aun no conocemos para valorizar su rendimiento social y cultural, tanto como el económico. Las mediaciones están más vivas de lo que puede verse. Las democracias se beneficiarán de ello.

 

La hora disruptiva

 

Instituciones heredadas de una era pasada, las formas conocidas de representación, de participación ciudadana y de construir consenso y una cultura común, atraviesan una zona de turbulencias. El entramado de mediaciones sobre el que se desarrollaron los sistemas democráticos de gobierno a partir dela Segunda GuerraMundial es desafiado por nuevas problemáticas, fenómenos sociales y culturales de naturaleza disruptiva. Como parte de ese tejido, nacido por entonces para responder a las necesidades de informar, al derecho de estar informado y al deseo de entretenerse de millones de personas, el sistema cultural-mediático no escapa a esa situación.

 

Durante cincuenta años, a medida que su oferta ocupaba cada vez más tiempo en la vida de las personas, más crecía su influencia en la construcción de una agenda de lo socialmente relevante. Al mismo tiempo que los medios se instalaban próximos al epicentro del sistema de representaciones y se ajustaban flexible y funcionalmente con los otros sistemas de mediación, llegaron nuevas generaciones y con ellas nuevos pactos de lectura se impusieron fundados en nuevos lenguajes, géneros y formatos. Los cambios fueron sustituidos por otros cambios. Algunos sistemas de mediación se dinamizaron y renovaron más que otros. La capacidad de mediación de los diferentes actores sociales empezó a jugar un rol protagónico. Fue entonces cuando “la democracia” se reconoció, principalmente, como un metasistema de mediaciones. En sentido amplio, el sistema escolar, en todos sus niveles, participa de ese metasistema, como participa el sistema de representación política, el sistema judicial o el sistema de representación gremial, entre otros. Todos ellos son sistemas de mediaciones. Por ejemplo, el sistema educativo, representación simbólica del saber acreditado y, a la vez, instrumento de conocimiento, ejerce la mediación entre quienes que saben más y otros que saben menos, entre un saber demandado porla Sociedadpara integrarse cultural, social y económicamente, y un saber dado, intuitivo, una carga genética de conocimiento. Por ejemplo, el sistema de representación política funciona como sistema de mediación entre minorías, entre una minoría y la mayoría, entre las minorías y el Estado. Estos sistemas de mediaciones son para el metasistema de las democracias, lo que los sistemas y órganos vitales son para el sistema biológico. Todos ellos en conjunto son responsables de la construcción y de la mejora continua del valor social y cultural que representa la democracia para los ciudadanos de a pie.

 

Si bien están lejos de agotarse, la capacidad de adaptación y pragmatismo de algunos de estos sistemas de mediaciones parecen no alcanzar los públicos que desearían del modo que lo desearían. Tal vez, han perdido la eficiencia que supieron tener. Los métodos para relevar hacia donde se dirigen los públicos detectan una cierta disociación entre la oferta y las nuevas demandas, ya sean contenidos, lenguajes, formas de representación o consumo. La relación de los medios con sus públicos es cada vez más precaria. La inestabilidad se ha instalado. Su vínculo con los otros sistemas de mediaciones se fragiliza. Los medios y las otras instituciones de la era anterior actúan menos solidariamente. La transición en las representaciones es más difícil de atravesar cuanto mas se hace sentir el efecto de los nuevos jugadores que trasladan los públicos hacia los espacios digitales.  

 

Lo cierto es que el pacto intergeneracional se ha debilitado. En algunos casos, ya no queda rastro de lo que fue. Los hijos ya no leen el mismo periódico que leían sus padres ni sus abuelos. Si lo leen, es de manera complementaria con otras fuentes de información bajo una modalidad híbrida digital-papel que tiende a inclinarse a favor de lo virtual. Hasta la función de mediación en la comunicación publicitaria ha ingresado en una zona de discontinuidades. Los consumidores confían más en la información provista por otros usuarios en Internet que en el folleto del fabricante, la publicidad televisiva o la palabra del vendedor en el puesto de venta. Ninguna de estas últimas representa la principal fuente de información cuando el usuario busca comprar un producto. La información obtenida en Internet puede ser más variada y contrastable. El histórico boca-a-oído, la información que circula entre pares, influye de modo creciente gracias a las vertiginosas corrientes virales que irrigan los medios sociales. Las últimas encuestas muestran que el usuario ya no solo consulta Internet antes de comprar un producto sofisticado, artefactos de avanzada electrónica o un automóvil, sino que también lo hace para productos de alta rotación y consumo masivo. Los medios sociales están allí para “desintermediar” o, si se lo prefiere, para “remediar”. Las nuevas generaciones solo pueden amplificar el fenómeno.

PARA LOS QUE DESEEN UNA VERSIÓN MÁS EXTENSA PUEDEN LEER EL CAPÍTULO EN EL LIBRO DEL 4º FORO DE PERIODISMO DE LA UNR/FUNDACION LA CAPITAL/FUNDACION OSDE. EN UNA POSTERIOR VERSIÓN DIGITAL ENRIQUECIDA PODRA LEERSE EL ARTÍCULO COMPLETO.

14
Jun
11

El uso de los tiempos en la Sociedad de la atención escasa

Ellos no consumen el tiempo de la misma manera. Para las jóvenes generaciones, el tiempo no significa ni lo usan de la misma manera que las generaciones anteriores. Aunque en apariencia es la relación con la tecnología lo que los diferencia de las generaciones anteriores, lo que más afecta el pacto intergeneracional que cohesionó la relación en el pasado es el uso de los tiempos. Aun más que las formas que adopta la comunicación interpersonal o el consumo de contenidos. Es su relación con el tiempo lo que podría estar en el trasfondo de todos esos cambios, ser el substrato sobre el que germen todos las transformaciones que emergen con cierta estridencia.

La flexibilidad parece modelar gran parte de sus prácticas sociales. Parecería como si los tiempos se ajustaran a las condiciones de una vida sin relojes. Debe ser porque la hora ya no está presente como antes. Es en el bolsillo que se esconde la irreductible realidad temporal, la única verdad inexorable. La hora queda sometida a la invisibilidad, condenada a ser parte de un sistema de “aplicaciones” y “facilidades” que, aunque siempre disponibles, todas ellas compiten entre sí en la pantalla del móvil. El tiempo, el único de entre todos los bienes escasos que el hombre no supo replicar industrialmente, ya no representa lo que representó. Símbolo del único convenio universal que subsistió ala Guerra Fríay a las reglas implacables del mercado, el Tiempo juega a las escondidas.

El Tiempo se ha vuelto una “aplicación” como otras. Es en la pantalla del móvil que, a voluntad, se visualiza numéricamente la hora. Los relojes de pulsera desaparecen. La hora se olvida con más facilidad en el bolsillo. Los relojes mueren de monovalencia, tienden a desestimarse por servir solo a ello. Su mayor debilidad es inaceptable en la actualidad, la de un objeto que solo provee una única información o servicio, en detrimento del cual nacen y florecen otros muchos objetos sin finalidad única, polivalentes, enriquecidos constantemente por funciones antes foráneas, ahora propias. Lo digital se empodera con facilidad de las funciones informativas del mundo analógico, incluyendo obviamente el sistema de información horaria. Como objeto de representación, el reloj desaparece. Protagonista del mínimo sistema de convivencia que le aseguró al Hombre vivir en sociedad con creciente “eficiencia” durante los últimos dos siglos, y objeto de la era industrial, el reloj marca su atardecer.

¡Qué hubiera sido de la revolución industrial sin su mejor aliado! Después de vaciarlo de otros sentidos y de secularizar su visión del pasado y del futuro, convirtió el sistema de tiempos en su más básico instrumento para medir el rendimiento de las máquinas, de las personas y de las organizaciones. Su maquinaria se debilita, su imagen pierde carácter, el poder del reloj languidece. Una lógica dalística lo deja blandengue. Incapaz de erguirse, ya no asusta a nadie. Devenido rastrero, se escapa rumbo al horizonte, símbolo de un régimen empecinado en desaparecer lo más tarde posible.

Cuestiones de (in)seguridad, practicidad y economía lo han condenado a un desplazamiento constante hacia el lugar de los recuerdos. Solo por motivos de moda puede aun observarse como se porta, ni siquiera como se usa. Las megalópolis se han encargado de amplificar el fenómeno y de instituir nuevas excusas bajo la forma de flexibilizaciones crecientes de modo que todos en la jerarquía, casi sin excepción, han adoptado el resultado sin pedir disculpas. El apuramiento de las grandes ciudades se ha encargado de estimular un enfoque por resultados y empujar el reloj, el uso de los tiempos y las mediciones regulares y sistemáticas, al cajón de las antigüedades. Ya no hay horario de entrada ni de salida, ni franjas horarias para almorzar. Importan menos las faltas. Lo verdaderamente importante son los resultados.

En ese contexto, la moneda de intercambio se llama “atención”. Nada es mas escaso que el tiempo. Insumo básico, recurso necesario aunque no suficiente de la “atención” al otro, a lo ajeno, a si mismo, el tiempo condiciona la atención. La atención es escasa porque la percepción que tenemos del tiempo nos apura. El tiempo es la variable crítica sobre la que se ajusta la atención. Siendo el recurso humano imposible de reproducir, toda transacción económica tiene la atención como prerrequisito.[1] Todo intercambio comunicativo tiene la atención como condición intencional y funcional. En eso se funda la interactividad. En un intercambio económico del insumo más humano, más fungible, limitado y temible que el Hombre sin creencias trascendentales tiene. Todas sus relaciones sociales, independientemente de su naturaleza física, presencial, material o virtual, todas se sustentan en la gestión del tiempo de los intercambios, en su duración, su frecuencia, sus interrupciones. Las relaciones entre máquinas no hacen mas que replicar a su semejanza la relación entre personas, un mero intercambio de tiempos. El tiempo que me escucha, el tiempo que lo escucho. La atención que le concedo y la que me retribuye.

La variable tiempo es la que cambia las reglas de juego. El tiempo que disponemos para una actividad en detrimento de otra, de un enunciador en reemplazo de otro, la atención a un mensaje que esconde el anterior, una imagen que opaca otra. La atención se regla al tiempo. Y el tiempo, bajo la ilusión de que la omnipotencia humana acabará superando los límites temporales que conocemos de la vida terrenal, se ha transformado en una construcción social y cultural, económica si se quiere, pero no natural. La pérdida de su caracterización como algo que nos es dado discurre bajo un pensamiento iluminista, que considera el tiempo un valor monetarizable, carente de significación si se le quitara el valor transaccional. Desprovisto de toda carga ideológica, él es la ideología. Si bien el tiempo siempre ha sido resultado de una convención, un mero acto simbólico, ahora se intercambia con la fluidez de los bits. En las intermitencias, el mensaje pierde eficacia por la no depuración. Por la falta de pensamiento distante, el intercambio de tiempos se vuelve acrítico tanto como puede ser carente de significación y pertinencia para las partes.

Sin atención no hay capacidad pragmática, interpretativa. No hay estrategia argumentativa que pueda superar la no atención. Tampoco la hay que pueda superar la atención mínima, la unidad de tiempo en la que puede intercambiarse pedagógicamente dos mensajes. La publicidad ya se encargó de demostrar que la hiperbrevedad tiene sus limitaciones, que la optimización de la eficiencia es posible hasta cierto punto, hasta donde lo inteligible se hace irreductible, aun para las audiencias más sofisticadas y mejor educadas y mejor provistas para la recepción mediatizada.   

El tiempo, prerrequisito de la vida en sociedad, tiende a incrementar su valor en la economía social a medida que se abandona la idea del pensamiento o del ocio vinculado a la contemplación como lugar de ser, sin tener, sin hacer, simplemente estando a la escucha del otro. El tiempo se ha vuelto la pieza de intercambio en toda economía. Más los intercambios se aceleran y se hacen fluidos, más se fragmenta, se valoriza, se intercambia.

Mas se prolonga la esperanza de vida, más vida de esa quiere el humano. Más la vida se prolonga, menos alcanza el tiempo. De nuevo la omnipotencia humana debilita la hipótesis de lo trascendente. Ningún tiempo es suficiente para deborar lo terrenal, para hacer un uso intensivo de lo que nos toca vivir aquí. Es lo único que parece hacernos finalmente iguales. Todos tememos el paso del tiempo por igual.

Lo único que realmente diferencian las generaciones entre sí es la relación que mantienen con el tiempo. Ni la relación con las máquinas, ni con el trabajo, ni con la ciudad o el arte estaría cambiando tanto si la variable tiempo no tuviese el peso relativo que ha alcanzado. Es la relación con el tiempo. Los tiempos sociales eran los principales estructurantes de la vida humana. La humanidad se reconocía en ello. Disponíamos de un orden cultural, un constructo que indicaba el orden de las cosas en una secuencia. Eso es lo que está cambiando. La variable tiempo es la regla que hace equitativo el juego. Cambiar la regla del tiempo, es trastocar las formas y el fondo.


[1] Falkinger, Josef. Limited Attention as a Scarce Resource in Information-Rich Economies. Economic Journal, Vol. 118, No. 532, pp. 1596-1620, October 2008. Disponible en SSRN: http://ssrn.com/abstract=1270303. Doi:10.1111/j.1468-0297.2008.02182.x.




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